martes, 12 de abril de 2011

Muertes por desnutrición


La vida se encuentra amenazada en muchas circunstancias. También cuando está empezando. Me cuesta –me duele– poner en palabras esta realidad pero hay que decirlo sin vueltas.
Desde el comienzo del embarazo hay riesgos en las mamás indigentes. Muy probablemente pagarán las consecuencias sus hijos, siendo niños pobres y desnutridos, quienes al crecer y hacerse más grandes, enfrentarán la violencia que desprecia la vida: las adicciones y los traficantes de la muerte. Serán los mismos que viven en la calle o hacinados sin vivienda digna, los ancianos abandonados por su familia y por la sociedad…
Perdón por repetir, pero duele describir estas realidades, que son historias verdaderas con rostros concretos, con nombre y apellido, con DNI, como vos o yo.
Hay muchos que no pueden gozar de la belleza de la existencia, de lo lindo que es vivir. Las causas están ligadas a la pobreza y a lo que llamamos exclusión social. Son aquellos que han quedado “fuera del sistema”. Para ellos no hay lugar. Son considerados sobrantes o descartables. Como si molestaran al conjunto social, se les hace sentir que están de más.
Hace poco participé de una reunión acerca de la situación en América Latina de los derechos humanos, y en particular de los más pequeños. Una mujer que consagra su vida a los niños en riesgo dijo algo así: “Lo que sembramos en los niños desde la concepción hasta que cumplan 6 años de vida es lo que cosecharemos después durante toda la vida”.
Y nos hacía pensar en la propia experiencia, la de cada uno.
Es un llamado de atención a todos como sociedad, para redoblar el compromiso de sembrar ternura, verdad, justicia.
Podemos también preguntarnos por qué estamos viendo y sufriendo tantas expresiones de violencia, adicciones, abusos. ¿Acaso hemos sembrado para otra cosa? La sabiduría popular dice que “el que siembra vientos, cosecha tempestades”.
Nos duelen los niños que mueren en nuestro país a causa de no haber recibido alimentación adecuada la mamá durante el embarazo y el niño en sus primeros meses y años. ¿Son muertes inevitables? ¿O solamente estamos viendo un zarpazo más de las mellizas malditas, corrupción e impunidad, en las que muchas veces se sumen los organismos responsables del Estado?
La organización CONIN que preside el Dr. Albino de la provincia de Mendoza, dice en uno de sus estudios que en la Argentina sufren desnutrición 260.000 niños menores de 5 años. Una bofetada. Primero bofetada para ellos y sus familias; luego para quien quiera poner la cara.
Los desarrollos evolutivos que no se alcanzan a los 6 años quedan truncos para toda la vida. Hace unos meses, un funcionario del ministerio de Salud decía en un reportaje que en la Argentina el 8% de los niños no llegan a los 10 años de edad con la estatura física que hubieran podido desarrollar si se hubieran alimentado bien. Una consecuencia dramática de la injusticia, la inequidad.
La muerte y la vida están en pugna, en lucha a brazo partido. Y no es sólo una batalla individual; es de toda la sociedad, todos nosotros. Recordemos lo que nos contaba Patricia en su testimonio de hace algunos domingos de lo que dice el Talmud: “Quien salva una vida, salva a la humanidad entera”.
Alguna vez, ante una obra de arte hermosa —un cuadro o una escultura— me pregunté imaginariamente ¿qué sentiría el artista si pisotearan el cuadro delante suyo, el que hizo con tanto esfuerzo, talento, cariño? ¡Cuánto mayor no será el sentimiento de dolor de Dios ante la vida despreciada y escupida y pisoteada en tantos de sus hijos!.
Por eso San Juan, en una de sus cartas que forman parte de la Biblia, fue tan contundente: “El que dice: Amo a Dios, y no ama a su hermano, es un mentiroso”. (1 Jn. 4, 20)

Mons. Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú, 10 de abril 

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