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lunes, 25 de abril de 2011

Mensaje Pascual de Monseñor Aranzedo

En el Domingo de Pascua la Iglesia celebra la fuente de su existencia y de su vida. Ella nace de la persona y misión Jesucristo. No se trata del recuerdo de un hecho del pasado, sino de la actualización de un acontecimiento histórico que se realizó "una vez para siempre". Este es el significado de la Pascua, la vida de Cristo es presencia actual para el hombre.

No recordamos a un muerto ilustre que nos dejó una enseñanza, sino que nos encontramos con la presencia viva de Jesucristo. Esta verdad de la fe es la que celebramos de un modo especial en la Misa de cada domingo, donde nos reunimos para escuchar la Palabra de Dios y participar de la Resurrección de Jesucristo. No se trata, como vemos, de un recuerdo o reunión social, sino de actualizar y participar de la misma vida de Jesucristo. Esta convicción era tan fuerte en los primeros cristianos que decían: "no podemos vivir sin participar en la Misa del Domingo".

El hombre nuevo que nace de este encuentro pascual con Cristo está llamado a ser protagonista de un mundo nuevo. El triunfo de la Pascua no puede quedar encerrado en mi intimidad, sino que debe llegar a toda la creación. San Pablo decía: "Sabemos que la creación entera espera ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (cfr. Rom. 8, 19-23). Toda la vida del mundo, tanto en su naturaleza como en el hombre con sus relaciones humanas y sociales, está abierta y a la espera de este encuentro con Cristo que la libere y transforme, para dar a luz, así: "un nuevo cielo y una nuevo tierra" (Ap. 21, 1). La Pascua no es un hecho individual, sino que tiene proyecciones sociales y cósmicas. Esto nos habla de la responsabilidad del cristiano que no puede privatizar la riqueza de su fe, sino que debe vivirla, trasmitirla y comprometerse para que el mundo encuentre la verdad de esta Vida que le pertenece, porque Cristo ha venido a traerla para todos.

Como vemos, celebrar la Pascua es motivo de alegría y gratitud, pero también de compromiso ante el mundo de este obrar de Dios. ¡Qué triste el rostro de una Iglesia o de un cristiano que celebra el Misterio de la Pascua como una rutina  litúrgica! Qué distinto es, en cambio, el rostro de una Iglesia y de un cristiano que viven en la liturgia ese "hoy" de Cristo, que desde su resurrección continúa comunicándonos su Vida como Alianza definitiva de Dios con el hombre. Anunciar que Cristo ha resucitado es el centro de nuestra fe y es motivo de esperanza para el hombre y toda la creación. Tan fuerte era para San Pablo esta verdad, que nos dice: "Si Cristo no ha resucitado es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes" (1 Cor. 15, 14).

Celebrar la Pascua es participar de la presencia de Jesucristo como principio de una Vida nueva que es, al mismo tiempo, semilla de un mundo nuevo. Esto es lo propio del tiempo de la Iglesia, predicar y testimoniar la realidad de esta verdad. Al concluir la consagración en la Santa Misa el sacerdote dice: Este es el Misterio o el Sacramento de nuestra fe. Por ello la celebración de la Santa Misa, en la que se actualiza la Pascua de Cristo, es fuente y culmen de la vida cristiana. Reciban de su Obispo junto a mis oraciones y bendición, los mejores deseos para vivir esta Pascua del Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

domingo, 17 de abril de 2011

Inicio de la Semana Santa


Con el Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa. A lo largo de esta Semana acompañaremos a Jesús que ha venido para comunicarnos una Vida Nueva que nos permita vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. Los invito a disponernos a celebrar este camino de Dios. Pensar que Jesucristo ha venido para mí, es el mejor comienzo para vivir la Semana Santa. Con la entrada en Jerusalén Jesús inicia el camino de su hora definitiva, que se convertirá en el comienzo de su Vida para nosotros. Él quiere hacernos hombres nuevos, capaces de crear un mundo nuevo.

Si bien la vida cristiana es algo personal que nace de un encuentro libre con Jesucristo, este encuentro, sin embargo, está llamado a expresarse socialmente. Cuando Jesús nos deja el mandamiento del amor: "ámense unos a otros como yo los he amado", nos ha dejado el principio de la moral social que dice: "todo hombre es mi hermano". No podríamos llamar a Dios Padre, si no tenemos una relación fraterna entre nosotros. El nos diría no me llames Padre si has ofendido a tu hermano, que es también hijo mío. El Padre Nuestro, la oración que nos la ha enseñado Jesucristo, no es sólo un acto de diálogo con Dios, sino la puesta en práctica de nuestra fe en Dios, que es el Padre de todos. Un buen comienzo de la Semana sería examinar, desde una sincera meditación del Padre Nuestro, nuestra relación con Dios y nuestros hermanos.

Además de esta relación fraterna, la vida cristiana tiene una dimensión más amplia. La vida cristiana tiene que expresarse en una vida coherente con lo que se cree. El cristiano está llamado a cuidar y elevar desde el Evangelio este mundo que es obra de Dios. San Pablo nos dice: "todo es de ustedes, es decir, la política, el trabajo, el amor, pero nos recuerda, ustedes son de Cristo" (1 Cor. 3, 22). Esto significa que hay una manera cristiana de vivir en este mundo, incluidas las cuestiones políticas. Por ello la Iglesia nos recuerda que: "la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral" (Doctrina de la Fe). Es una grave responsabilidad del cristiano, o del político cristiano, ser claro y saber definirse en temas que hacen a la dignidad de la vida humana, por ejemplo, en el caso del aborto. Esto pertenece al ámbito moral de la fe y hace a su responsabilidad social y política.

Ser cristiano, como vemos, no es algo que pueda quedar en nuestra  intimidad sino que se debe testimoniar en la vida de la sociedad. La fe tiene consecuencias políticas que el cristiano debe saber asumir y comprometerse. Los invito en esta Semana a acercarse a su comunidad parroquial para vivir este camino de Jesucristo que es la fuente de esa Vida Nueva que nos traído. Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz