jueves, 25 de noviembre de 2010

ADVIENTO 2010: Reflexiones de Monseñor Arancedo


La Iglesia nos invita a iniciar el Tiempo de Adviento, como preparación a la Fiesta de Navidad. La vida cristiana sólo se entiende en términos de encuentro con Jesucristo; este hecho, el ser un “encuentro”, hace de la preparación un aspecto esencial. Todo encuentro para que sea fecundo necesita de una preparación. Encuentro es apertura, espera y comunión. La vida cristiana no es ajena a esta dinámica, no es algo mágico ni mecánico, sino el encuentro del amor de Dios con la libertad del hombre.
Nuestra libertad, incluso frente a Dios, es signo de grandeza y responsabilidad. La liturgia, en su rica pedagogía, dispone de tiempos de preparación para este renovado encuentro con Dios que viene a nosotros en Jesucristo.

Cuando hablamos de preparación creo que es oportuno recordar la parábola del Sembrador. En ella es tan importante la vitalidad de la semilla como la riqueza del suelo. La semilla siempre conservará su poder, pero necesita de la disponibilidad de la tierra. Conocemos los términos de esta parábola, que es bueno releerla, sólo retengo el final: “Y los que reciben la semilla en tierra buena, son los que escuchan la Palabra, la aceptan y dan fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno” (Lc. 4, 1-20). Definir la vida cristiana en términos de encuentro con Jesucristo, nos permite no instalarnos en esa cómoda y aparente certeza de lo adquirido y conocido que, cuántas veces, empobrece nuestro nivel espiritual y fervor misionero. Hacemos del cristianismo una práctica que nos contiene y da seguridad, pero que no siempre nos hace testigos gozosos de una Vida Nueva.

En este Tiempo la Iglesia nos hablará a través de propuestas y testigos. En primer lugar nos señalará la importancia de la oración, como respuesta a una lectura orante de la Biblia. La oración es signo de la presencia del Espíritu Santo que nos mueve hacia ese encuentro con Jesucristo. Palabra y oración equivale a decir, Jesucristo y Espíritu en el plan de Dios. Este es el contexto en el que crece la vida cristiana. También nos hablará de la práctica del ayuno como expresión de penitencia, de dominio personal y actitud de servicio a nuestros hermanos más necesitados. El horizonte del ayuno es la caridad. Finalmente nos propone intensificar nuestra limosna, como gesto de privación, austeridad y de solidaridad con quienes menos tienen. A estas enseñanzas hay que vivirlas desde la fe, para descubrir en ellas su profundo sentido de comunión con Dios y de servicio.

Los testigos son hombres elegidos por Dios, para anunciar la llegada del Señor y acompañar nuestro camino hacia él. Así, Isaías nos dirá: “Preparen en el desierto el camino del Señor” (Is. 40, 3), para agregar: “No temas, porque yo estoy contigo, no te inquietes, porque yo soy tu Dios” (Is. 41, 10). La profecía es la certeza de la presencia de Dios que mantiene viva la esperanza de su pueblo. Juan Bautista, el Precursor, nos señala la llegada de la salvación esperada: el tiempo se ha cumplido, y señalándolo a Jesús, nos dice: “Este es el Cordero de Dios” (Jn. 1, 29). Tiempo de espera y de cumplimiento. Estas dos figuras nos presentan, a través de sus palabras y testimonio, la riqueza de una Presencia anunciada y actual, que nos llama a un encuentro siempre nuevo.

En la persona de María Santísima, “la hija de Sión, la alegría de Israel y el orgullo de nuestro pueblo”, el tiempo alcanza su plenitud y se nos entrega el Salvador. “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc. 1, 45), es el saludo de su prima Isabel y el mayor reconocimiento a su actitud de fe y confianza en Dios. Ella nos sigue enseñando, desde el hoy del Evangelio, a vivir este tiempo de preparación y encuentro con el Señor. Disponibilidad a la obra de Dios, Comunión en el camino de su Hijo y conciencia de la Misión, son tres momentos en la vida de la Virgen María. Disponibilidad como apertura, Comunión como estilo de vida y Misión como compromiso con la obra de su Hijo, tienen que ser para nosotros, en nuestro peregrinar como Iglesia, un ideal en el camino de preparación a la celebración del nacimiento de Nuestro Señor.

Vivimos este Adviento, además, en el contexto pastoral de la Iglesia en Argentina que nos ha propuesto caminar bajo el lema: “Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad”. Para ello, hemos presentado aportes que se orientan a recrear las condiciones de vida para una nueva Nación. Esto también debe formar parte de nuestra vida cristiana. La fe no nos aleja de lo concreto de nuestra historia y sus circunstancias, por el contrario, ella nos compromete a trabajar por su presente y futuro. Recordemos que Jesús lloró por su Patria, Jerusalén, porque la amaba. Entre las metas que nos hemos propuesto me voy a referir sólo a la primera, que nos habla de la familia y de la vida. En ella podemos encontrar elementos de reflexión y de examen de conciencia, para este tiempo de preparación que debe ser tiempo de conversión y de compromiso ciudadano.

“Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas”. Familia y vida son resonancias de nuestra fe en un Dios que nos ha revelado su designio de amor y salvación. No estamos ante hechos coyunturales o sólo culturales y, por lo mismo, sin una identidad propia y permanente. Podemos, por ello, hablar y anunciar el Evangelio de la Vida y de la Familia, como realidades que tienen su fuente en Dios y su plenitud de gracia en Jesucristo. Decir Evangelio es decir anuncio. Si bien el sentido de estas verdades las podemos comprender y explicar en el plano humano como científico sin recurrir a la fe, sin embargo ella nos descubre el significado último y trascendente que tiene la vida del hombre como obra de Dios. La ley nueva de este Reino es, precisamente, el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12). Hemos sido creados para participar en la bienaventuranza del Reino de Dios. La dignidad humana tiene su primer principio en el derecho a la vida y su destino último la plenitud de vida en el Reino de Dios. Aquí se encuentran la fe y la razón, “como las dos alas con las cuales el espíritu humano contempla la verdad” (F. R. 1). (...)

Queridos hermanos, tratemos de vivir este tiempo de Adviento como un tiempo de preparación y de gracia en nuestra vida, en nuestras familias y comunidades cristianas. Que la liturgia, con su sabia pedagogía celebrativa, nos vaya guiando en este camino de conversión, para disponernos a la alegría de un renovado encuentro con Jesucristo. Reciban junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Nuestra Madre de Guadalupe.

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